¿Qué ciclista querrías ser? ¿El que gana el Tour o el que gana siempre? ¿Bernal o Alaphilippe? La pregunta tiene su miga porque plantea un diferente reparto de la felicidad. Y de la inmortalidad. Pongamos un ejemplo, el primero que me viene a la mente. El belga Freddy Maertens fue un ganador compulsivo en los años 70. Se llevó ocho etapas en el Tour de 1976 y trece de la Vuelta de 1977, donde además fue el vencedor final. Pero quién habla hoy de Freddy Maertens. Probablemente sus rivales, o los aficionados de nivel avanzado, sus familiares sin duda. Pocos más.

Circula una encuesta por internet (rigor endeble) donde Maertens aparece como el octavo mejor ciclista belga de la historia por detrás de todos los que ganaron el Tour (Merckx, Sylvere Maes, Thys, Romain Maes y Van Impe), además de Van Looy, Van Steenbergen y De Vlaeminck. Es decir, inmortalidad media-baja.

El asunto viene a cuento porque Julian Alaphilippe ganó en Niza su quinta etapa en el Tour y se enfundó de nuevo el maillot amarillo que el pasado año vistió durante once días. Su triunfo fue extraordinario, como suelen serlo sus victorias. Atacó en la última subida al Col d’Eze y nada le distrajo del objetivo final, ni siquiera la compañía inesperada de Adam Yates y Marc Hirschi. Hay muy pocos deportistas capaces de vencer cuando se lo proponen firmemente.

Alaphilippe no ganará nunca el Tour y en el ránking de mejores ciclistas franceses de la historia no saldrá mejor parado que Maertens en Bélgica. Pero si pudiéramos calcular su gratificación emocional a lo largo del año, descubriríamos (creo) que es superior a la que obtiene el ganador del Tour. Lo de la inmortalidad es otra cosa. Y la reflexión también sirve para Alejandro Valverde. Aunque ahora proclamemos su inmensa talla como corredor, con el tiempo se le colarán por delante algunos de los que ganaron el Tour (Indurain, Perico, Contador, quizá Ocaña) y tal vez otros como Freire. Que le pregunten a Miguel Poblet cómo es el olvido. O a Delio Rodríguez, ganador de una Vuelta y de 39 etapas (récord absoluto).

El triunfo de Alaphilipe le da categoría a este Tour extraño e indefinible. Aunque el peso de buena parte de la etapa lo llevó el equipo UAE (Emiratos Árabes Unidos nunca serán vencidos), el peso de la carrera lo ha asumido el Jumbo Visma, de momento con inciertos resultados. El primer día se les cayó Bennett y esta vez fue Tom Dumoulin quien rodó por el asfalto después de hacer el afilador con Kwiatkowski. Nada grave, en principio. Peor le fue al colombiano Daniel Martínez Poveda, ganador del Dauphiné, que se dejó 3:38 por las secuelas de otra caída.

Ningún favorito se asomó cuando movió la carrera Alaphilippe. El extinto Froome hubiera aprovechado para dar un dentellada, seguro. Pero estos son otros tiempos. Aquí todos disimulan. Porque andan sobrados de fuerzas o porque tienen las justas. El martes lo sabremos.

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