Si las parejas se reconciliaran con la misma facilidad que las aficiones y los equipos, bastaría con una noche esplendorosa, cinco o seis aciertos, para firmar la paz, cómo no te voy a querer Manolo. El problema es que si algo se niegan las parejas muy enfadadas son las noches esplendorosas, salvo contadísimas excepciones, en las que el agravio funciona como estimulante (Richard Burton-Elizabeth Taylor, Pamela-Tommy Lee…), mejor no entrar en detalles. Lo que el pasado sábado pareció la crónica de un divorcio desgarrador es ahora el relato de un amor en apariencia indestructible, porque después de marcar seis goles ningún objetivo resulta demasiado lejano. Como los goles fueron buenos, algunos excelentes, y como el equipo jugó bastante y corrió más, la felicidad es casi completa. Digo casi porque, hasta en las más húmedas reconciliaciones, se puede escapar un reproche. En este caso, fue Bellingham quien quiso ajustar alguna cuenta pendiente al celebrar su gol con el inequívoco gesto de quien pide un trago, generalmente no de leche. No hay que ser un experto en la obra de Tricicle para dar sentido al gesto y suponer que algún murmurador ha sugerido que el futbolista tiene tendencia a la hidratación nocturna, acusación que él ha querido refutar incidiendo en la acusación misma. Cuidado. Algo parecido hizo Fowler hace 26 años; como la afición del Everton propagaba el rumor de que consumía cocaína, el jugador del Liverpool no tuvo mejor ocurrencia que celebrar un gol esnifando una línea del campo, cuestión que levantó una considerable polvareda, permitan la palabra.
Vinicius, que marcó otro buen gol, fue más prudente en su festejo, o diríamos que más clásico. En vez de bracear airado o gritar me lo merezco optó por la no celebración, señal inequívoca de que aún está ofendido y tardará algún tiempo en besarse el escudo (de tres días a una semana). Su partido fue, por lo demás, espléndido, con asistencias a Mbappé, Mastantuono y al central del Mónaco, que tampoco pudo resistirse. Qué fantástico sería que Vinicius aceptara que su valor como asistente lo eleva como futbolista, aun antes que su valor como goleador.
El mencionado Mastantuono fue otro de los destacados del partido y sospecho que el público se quedó con las ganas de corear su nombre cuando fue sustituido, pero Mastantuono es un apellido que se atraganta si no eres napolitano y ponerse a gritar “Franco, Franco” tampoco parece muy adecuado, de ahí la importancia de que se haga con un mote cuanto antes (Franky, Masto, Tono, Eminem…). Dicho esto, el chico juega como si le debieran algo y es de esperar que no se lo paguen nunca, porque un fuego parecido es el que todavía alumbra a Cristiano Ronaldo. No es la ambición, es la venganza.
Consignado el gran partido del Madrid, lo más asombroso es que el Mónaco no la tocó mal, si excluimos su inoperancia absoluta en el área propia y ajena, donde se comportó con la inocencia de la Pequeña Lulú. Por cierto, fichar ahora a Akliouche sería una magnífica operación después de que su cotización haya bajado algunos millones. Sugiero.
Alguien dijo que todas las historias de amor acaban mal porque todas las historias acaban, pero en esto también hay excepciones. El Madrid es una.







