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«Vivíamos en un piso sin ascensor pero éramos tan felices como los que más»

Hoy te dice ‘carpe diem’ (Vive el momento). Quizá porque, a los 54 años, siente que tal vez ya consumió «las tres cuartas partes del pastel», pues Patxi Salinas se refiere a la vida «como un pastel». Al menos, la vida que le ha tocado vivir a él, incluida esa infancia en su barrio de Bilbao «en el que no teníamos nada». «Mis padres trabajaban en la limpieza y en la recepción de un hotel. Vivíamos en un piso sin ascensor y con un solo baño para los cuatro. Pero éramos absolutamente felices», explica hoy al preguntarle qué es la felicidad. «Hasta los 18 años, mi hermano y yo había veces que teníamos que ir a Lezama a entrenar haciendo autostop. No teníamos ni para el autobús. Incluso, nos subíamos en la montadilla de los camiones de Coca Cola, de El Corte Inglés, qué sé yo, y cuando se desviaban de trayecto saltábamos y esperábamos a otro. Ahora, lo cuento y la gente joven no lo entiende. Pero les estoy hablando de un tiempo que también existió. Hasta los cincuenta y tantos años, cuando mi madre se sacó el carnet de conducir y compró un 600, nunca tuvimos un coche en casa. No podíamos pero tampoco lo echábamos de menos».

De ahí que, tan fiel a sus inicios, lo último que se pueda esperar de Patxi Salinas sea una conversación materialista. «Hay gente que no tiene nada y es feliz y gente que lo tiene todo y no hace más que pedir más. Por eso a mí nunca me darán envidia los que tienen un yate. No lo he necesitado nunca porque mi felicidad está en coger la moto por las mañanas e ir a hacer un trabajo que me gusta. No se me ocurre pensar que yo, a los 54 años, esté entrenando en Segunda B y haya gente como Lopetegui, Luis Enrique o como Guardiola que, siendo más jóvenes que yo, han llegado mucho más lejos porque no tengo necesidad de compararme a ellos. Mi felicidad se resume a algo más simple, en dar un paseo por la playa con mis perros, en volver a mi barrio y ver a mi padre que, a los 90 años, nunca ha querido moverse de allí o en ver a mis tres hijos, que han podido estudiar lo que querían. Por eso a veces les digo de qué podemos quejarnos nosotros. Somos unos completos privilegiados».

«En la vida sólo se vive una vez. Es obvio pero a mucha gente se le olvida», insiste Patxi Salinas, que tiene por costumbre coger «una regla que va del 1 al 100». «Entonces me doy cuenta de que si vivo hasta los 80 u 85 no estaría mal. Pero eso ya no son más de 25 años los que me quedarían y, si algo te demuestra la vida, es que el tiempo vuela. Parece que fue ayer cuando llegamos a Lezama mi hermano y yo y, de los 1.000 niños que empezamos, los que llegamos fuimos nosotros. No solo fue una suerte. También un privilegio«, recuerda hoy con la misma habilidad que le contestó este verano a su mujer cuando le dijo que se iba a entrenar a Badajoz en Segunda B. «Ella me decía, ‘pero cómo te vas a ir allí si no conoces a nadie’, y yo le contesté que ‘no hay problema porque en una semana les conoces a todos».

En realidad, Patxi Salinas siempre lo vio así. Por eso hoy es el mismo hombre que hace 34 años le ganó la final de Copa del 84 al Barça de Maradona o que hace seis años se fue a Malta, «a un colegio intensivo para aprender inglés porque entendía que, si algún día salgo a entrenar al extranjero, necesito saber inglés. Pues bien, no sé cómo me busqué la vida allí que en unos meses estaba entrenando a un equipo de Primera División de Malta». Hoy, disfruta contando esa experiencia, «como casi todo lo que me ha pasado en la vida, porque esto es ‘carpe diem’, aprovechar el momento, vivir y dejar vivir». «Por eso no me arrepiento de nada y mucho menos de haber participado en programas de televisión como ‘Supervivientes’ o en ‘El Conquistador’ de la ETB. Aquello fue una experiencia brutal. Una época imborrable de mi vida. Llegué a pasar hambre en la selva donde estuve 32 días. Conocí un mundo que desconocía y que me vino muy bien conocer. Me olvidé completamente de la televisión, de las noticias, del teléfono… Fue una de las mejores inversiones que he hecho en mi vida», argumenta hoy, desde una posición totalmente distinta. Ahora es entrenador del Badajoz con la responsabilidad que implica el cargo.

«No es fácil, claro que no, porque uno no deja de pensar nunca en el fútbol. Y de futbolista veías que no era así. Pero ahora manejas a un grupo. Te asusta pensar que alguien pueda estar descontento por tu culpa. Pero la gente debe entender que ser entrenador es poner unas reglas y tomar unas decisiones«, añade Patxi Salinas, que ahora regresa a sus tiempos de futbolista. «Jugué con el 90% de los entrenadores que tuve en dos equipos tan maravillosos como el Athletic y el Celta. No puedo tener, por lo tanto, mal recuerdo de ningún entrenador desde que Clemente me subió al primer equipo con 18 años y me di cuenta de lo que significaba ser futbolista. Ganamos dos Ligas y una Copa del Rey y, junto a nosotros, lo celebraron en Bilbao más de un millón de personas. Gente que, por el hecho de ser futbolista, te convertía en un pequeño dios cuando, en realidad, tú te ves como uno más de la sociedad: vives, comes, duermes, te preocupa tu familia y tienes tus inquietudes porque tiene que ser así. Unos en unas cosas y otros en otras. La fortuna es tener esas inquietudes. Yo llegué a ser cuatro veces internacional y quise imaginar por qué no podría jugar algún día un Mundial o una Eurocopa. Luego, nunca llegó ese día pero, al menos, tuve la oportunidad de soñarlo y la verdad es que los tres Mundiales que jugó mi hermano en casa los vivimos como si los hubiesemos jugado nosotros. Yo lo acompañaba desde el primer día y no volvía hasta que eliminaban a España».

Una vida, la de Patxi Salinas, por lo tanto, bien aprovechada. «Al menos, yo tengo la sensación de que es así, porque gracias al fútbol he vivido tanto o he viajado tanto… Me he comprado mi casa, he hecho mis inversiones y nunca he dejado de ser yo, el hombre que quise ser«. Ni siquiera ahora como entrenador, «donde no queda otra: uno debe saber marcar las distancias, pero luego, si me voy de cena con los futbolistas, ¿por qué no me lo voy a pasar bien? ¿Por qué no me voy a reír con ellos o a contarles mis aventuras? Sólo hay que saber estar en cada momento y luego ya se verá lo que pasa. No soy de los que buscan tres pies al gato. No entiendo a los que lo hacen. Mire: a mi edad no he pasado como entrenador de Segunda B pero sigo pensando que llegaré a Primera. Y si no llega no pasará nada. Seguiré viviendo el momento. Seguiré diciendo ‘carpe diem’ la próxima vez que volvamos a hablar».

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2 COMENTARIOS

  1. La entrevista está muy bien, la memoria de Salinas tal vez no tanto. Si iba en autostop a entrenarse a Lezama será porque quería. Yo soy de su edad y recuerdo con envidia el autobús del Athletic que recogía en varias paradas a los jugadores infantiles y juveniles para llevarlos a los entrenamientos. Digo con envidia, porque a mí me hubiera gustado ir en ese autobús, pero no daba la talla de futbolista. Pero el autobús (gratuito) existía. Paraba delante de mi casa.

  2. yo le conocí y estaba de vacaciones en San Juan (Alicante), justo el verano que le subieron al primer equipo… y yo estaba de vacaciones en la casa de la familia de un amigo de mis padres.

    por cierto, el hablaba entonces de «no me importa quemar un trapo llamado bandera española», supongo que ahora a lo mejor a madurado…..

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