El confinamiento conduce al delirio, al suspiro, nutre a la imaginación con los oasis de las rutinas de vida de épocas tan lejanas y a un tiempo tan cercanas. Mi más honda melancolía nace de la nostalgia del fútbol. El vibrar y sufrir cada fin de semana, el éxtasis con cada gol y el horrible pesar con su homólogo encajado. Las interminables charlas sobre la actuación de tal o cual equipo, o el ambarino y espumoso sabor de una cerveza bien fría mientras uno y otro conjunto se hallan en plena contienda.

 Pero abrazar al pesimismo no es una opción en absoluto contemplable, y en tanto se recupera la competición, los doctores recomiendan tomar medidas terapéuticas paliativas: nada como ver el fútbol de épocas pretéritas. Si bien existe una palpable evolución táctica y física en los sistemas de juego que obedece al paso de los años, así como un carácter y pasión distintos en los artífices de este deporte de una y otra época, la esencia del fútbol permanece en lo profundo de este bello deporte, inmóvil, eterna. Por ende, pese a ser un fútbol distinto, levanta en el espectador idénticas pasiones al actual; si bien se pierde en cierta medida el ingrediente de tensión y nervios que acompaña a la incertidumbre en el resultado. Aunque, y puesto que el pasar de los años hace mella en unos y el encontrarse en pleno albur del trasiego de la vida hace la mella en los otros, bien los partidos pueden verse con una ligera dosis apasionada.

No obstante, y en pleno ejercicio de crónica periodística, voy a permitirme la licencia de narrar un partido, si bien histórico, aún latente en nuestras sienes. Con todo, el recuerdo de dicho encuentro no es sino paladín de la celeridad inexorable con la que los años que pasan se hacen irremediablemente segundos, suspiros, recuerdos.

Final de la Eurocopa 2008.

El cielo tildado de nubes que ha cada rato dejan caer someras cantidades de lluvia; el pasto perfecto, terrible, idóneo para el juego de nuestros chiquititos; el ambiente y el estadio de la histórica Viena a reventar. Los alemanes juegan en su feudo histórico, pero los Austrias también fueron corona hispánica. Historia poética caprichosa para pintar el bonito partido que ha de disputarse. 

Arranca el encuentro, y la temible máquina alemana, fría y calculadora, es por herencia la favorita. Pero esto es fútbol, y los éxitos de antaño no valen para los partidos de hogaño. El vértigo, el nerviosismo inherente a todo hombre próximo a perpetrar una hazaña, lejos de hacer torpes los golpes de los púgiles españoles, les dota de una precisión y peligrosidad temibles. El “Ganar, ganar, ganar y volver a ganar” es la filosofía de nuestra Selección, y el fútbol de combinación su arma más eficaz. Se suceden uno tras otro los ataques del conjunto español: imparable Torres en las carreras al espacio, cabalgando por el césped con insultante superioridad; en el centro del campo las combinaciones rápidas se suceden vez tras otra: Iniesta encuentra en Xavi su mejor sociedad, completando el concertino con Fabregas, Silva y Sena en el contrabajo. Música y fútbol de salón, dosis de zarzuela para las Valkirias alemanas. Los germanos persiguen sombras, confundidos, impotentes ven como vez tras otra no arrecia el vendaval de ocasiones de nuestra selección, y en una de estas, Xavi filtra un balón maravilloso para que el Niño dé realidad a sus sueños de infancia. Gol y 1-0.

Pero los germanos no van a dar su brazo a torcer tan fácilmente, la historia pesa en su carácter, y sus huestes capitaneadas por un inconmensurable Schweinsteiger no tardan en avisar lanzado latigazos a la meta de Iker, el Santo. El dominio aéreo alemán, con las torres Metzelder y Mertesacker, es un continuo peligro en cada jugada a balón parado. Pero el balón no vuela, sino que rueda, y cada vez que rueda, el Ernst Happel se transforma en la Maestranza de Sevilla, y los diestros españoles hacen de la corrida de Viena una de las más bonitas de la historia. 

Un fútbol paciente, pero veloz y preciso, quieren todos el balón para sí y para el equipo, el “Joga Bonito” colectivo llevado a su máximo esplendor. Y en defensa, qué brutalidad: que caballerosidad y agresividad a un tiempo, cuánta solidaridad, qué firmeza: los mariscales Marchena y Puyol haciendo inútiles cualquier internada por el eje de la zaga, los costados salvaguardados perfectamente por un jovencísimo Ramos en su versión más Galopper, y un Capdevila de dulce. Las arremetidas alemanas son vez tras otra disparatadas, y se cuenta cada ataque de la selección no solo como una ocasión, sino como un ejemplo de cómo debe jugarse al fútbol.

Suena el pitido final, y un aluvión de emociones se apodera del estadio, de la grada española entregada a la locura, enamorada del espectáculo que acaba de brindar la orquesta del genio don Luis Aragonés. Los jugadores, extenuados pero pletóricos, inconscientes todavía del hito que acababan de realizar, estallan en gritos de celebración, en abrazos, en carreras interminables por el campo, porque la vida misma a veces es incapaz de brindarnos los medios para expresar todas las emociones que llevamos dentro.

Y yo, en el sofá, tan lejos, y a la vez tan cerca del histórico partido, me olvido de todo y solo siento la nostalgia del despertar de aquella potencia que hasta hace nada fuimos.

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