En noches como esta, en las redacciones de los viejos tiempos, envueltos todos en un humo de tabaco como niebla albaceteña, los periodistas discutían el título de la portada frotándose las manos (cada uno las suyas) al imaginar las ventas del día siguiente. Y es que los desastres venden, claro que sí, no tanto como las grandes victorias, pero más que las pequeñas. En noches como esta, periodistas despeinados y con la camisa por fuera estarían dudando si titular “Albacetazo” o “Belmontazo”, o tal vez decantarse por un rotundo “Ridículo” o por una de esas preguntas que se disparan con cerbatana: “¿Y ahora qué, presidente?”. Es mucho más fácil titular sobre barcos hundidos que sobre sobre campos llenos de flores. Igual que es mucho más fácil escribir cuando algo duele, entonces los dedos bailan solos sobre el teclado porque no hay que pensar en nada, sólo blandir la espada y cortar lo que siga en pie. A estas alturas, ya sabemos todos que el desamor inspira grandes sonetos y el amor correspondido (y consumado) provoca algo de somnolencia.
Que el Madrid pierda contra el Albacete —17º clasificado en Segunda División— sería sólo un hecho excepcional si no fuera porque el club despidió a su entrenador hace dos días (de mutuo acuerdo, eso sí). Ese detalle, que no es nimio, convierte la derrota en poco menos que grotesca, porque deja en evidencia a quienes la tomaron. Es obvio que el sustituto de Xabi no podía cambiar la fisonomía del equipo en dos entrenamientos, pero lo cierto es que tampoco se espera que lo haga en veinte. Su misión, hasta donde se sabe, es tomar decisiones sensatas, es decir, en coincidencia con los intereses del club, no sólo del equipo. Visto el resultado, estamos en condiciones de afirmar que Arbeloa no ha comenzado con buen pie. Su mezcla de canteranos, suplentes y titulares es ahora tan cuestionable como el hecho de que retirara del campo a Huijsen en el minuto 64, un futbolista que atemorizaba al Albacete en cada córner. Igual de incomprensible fue la entrada de Alaba, un defensa en retirada, o que el último cambio, ya con la soga al cuello, fuera Manuel Ángel por Cestero.
Los jugadores, por supuesto, no se libran de la culpa (canteranos al margen). Con entrenador o sin él, ya sea con un 4-3-3 o con el prefijo de Cádiz como sistema, un grupo de tan buenos jugadores no puede ser superado por un Albacete voluntarioso y concentrado. No es posible. La apatía no es responsabilidad del entrenador saliente, sino señal de absoluta confusión, generada en este caso por el propio club, que ahora, no lo descarten, podría estar buscando una alternativa a Arbeloa que sirva como mejor parapeto.
Tendrán razón en Albacete si reclaman el elogio de sus méritos. El equipo superó los trances, no tantos, en los que fue inferior, atosigado por el empuje del Madrid, aunque tampoco tanto. Obligados los jugadores a correr sin descanso, la gestión de esfuerzos de su entrenador fue impecable, con cinco cambios que tuvieron el efecto de una bomba de oxígeno. Entre ellos se encontraba Jefté, un delantero canario con nombre hebreo que vivió su noche de gloria. Su segundo gol, el que mató a Liberty Valance, fue una delicadeza que todavía resulta inexplicable por el minuto (94) y por la ejecución, tan sutil, tan ajena al bombardeo.
En noches como esta, en las redacciones de los viejos tiempos, varios periodistas descansarían ahora con los pies sobre la mesa y los manos anudadas detrás de la cabeza, posición de trabajo bien hecho, así hasta que pudieran marcharse a casa, o vaya usted a saber dónde, con el periódico debajo del brazo.







